La Odisea del Ojo: Tras la Huella de Los Tres en el Desierto Olvidado

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Por Elías ‘El Ojo’ Rojas, Reportero de Radio Estación Sur de Rengo

La cabina de Radio Estación Sur de Rengo es un hervidero de noticias locales: la cosecha de manzanas, el nuevo puente sobre el río, el gato perdido de la alcaldesa. Pero el pasado 13 de febrero, un fragmento de adelanto, un susurro digital, rompió la monotonía como un trueno en un cielo despejado. Los Tres, la banda que marcó a una generación, regresaba con «Cantar y Amar», el primer sencillo de su álbum XCLNT, grabado en los míticos Abbey Road. Y no solo eso: ¡la formación original, después de 26 años de silencio discográfico! Para un sabueso de la noticia como yo, Elías ‘El Ojo’ Rojas, esto no era solo un lanzamiento; era una epopeya.

El comunicado de prensa hablaba de un videoclip de Punkrobot, repleto de guiños a la historia de la banda, y de letras de Álvaro Henríquez que evocaban «vida remota en el desierto». «Un viento fuerte un mar hirviendo, vida remota en el desierto/nuestros caminos se separan/llévame al río y lava mi alma», recitaba la primera línea. Y ahí, en esa frase, se encendió mi chispa. ¿Vida remota en el desierto? ¿Un guiño oculto? Mi instinto de reportero regional, curtido en mil batallas contra el tedio, me decía que había algo más que un simple lanzamiento. Había una historia, una aventura esperando ser desenterrada.

Armado con mi grabadora de bolsillo, una libreta gastada y la convicción de que la verdad siempre está más allá del comunicado oficial, me lancé a la carretera. Mi destino: un punto olvidado en el desierto de Atacama, un lugar que, según una vieja leyenda de fans que había desenterrado en foros de internet, había sido una fuente de inspiración críptica para Henríquez en sus años mozos. Un lugar donde, supuestamente, se había grabado una maqueta perdida, una «cápsula del tiempo» de su sonido más primigenio.

El viaje fue una prueba de fuego. El sol inclemente, el viento que arrastraba arena y secretos, y la soledad abrumadora del paisaje. Pero cada kilómetro me acercaba más a la esencia de «Cantar y Amar». La canción, que ya había escuchado en bucle, sonaba a Los Tres desde el primer segundo: la sobriedad de las guitarras de Henríquez y Parra, el bajo imaginativo de Lindl, el swing inconfundible de Molina. Era una actualización de su sonido, sí, pero con la raíz intacta. Y las letras, ese juego de imágenes tan propio de Henríquez, parecían cobrar un nuevo sentido en medio de la inmensidad desértica.

Tras días de búsqueda, guiado por coordenadas dudosas y la intuición, llegué a un viejo observatorio abandonado, carcomido por el tiempo y el olvido. Entre los escombros, bajo una pila de mapas estelares y partituras empolvadas, encontré una caja de madera. Dentro, no había una maqueta perdida, sino algo mucho más valioso: un diario de viaje de un joven Álvaro Henríquez, fechado en 1998. En sus páginas, describía su fascinación por el desierto, por la forma en que la soledad y el silencio amplificaban la música en su mente. Hablaba de «cantar y amar» como una necesidad vital, una fuerza inquebrantable que lo impulsaba a crear, sin importar las pausas o las separaciones.

No era la maqueta, pero era la génesis. Era la prueba de que la promesa de «volver a un estudio de grabación juntos para registrar nuevo material» no era solo un eslogan de marketing, sino una convicción profunda, forjada en la introspección y la pasión. Las palabras del diario resonaban con la letra de «Cantar y Amar»: «Exhausto hace un tiempo ya de tanto esperar y esperar, me aburriré de todo menos de cantar y de amar». Era la motivación, el alma de La Revuelta.

Regresé a la redacción, polvoriento y agotado, pero con una historia que trascendía el mero lanzamiento. Había encontrado la aventura, no en un tesoro material, sino en la revelación de la perseverancia artística. Los Tres no solo habían vuelto; habían reafirmado su compromiso con la música, un compromiso tan vasto y profundo como el desierto que me había revelado su secreto. Y yo, Elías ‘El Ojo’ Rojas, fui testigo de ello. Esta crónica es mi humilde tributo a su regreso, y a la inagotable aventura de la música.))

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